Mi madre fue siempre una mujer trabajadora, de esas que no tienen límites para los sacrificios y ponen el alma para enfrentar los retos siempre. Pero muchas veces tuvo que sacrificar momentos con sus hijos para que pudieramos salir de esa miseria en la que ella había nacido y de la que sabía había un solo modo de escapar, superándose.
Hija de un herrero y casi huérfana, mi madre cuidó de su hermana menor en su lejano pueblo y cuando fianlmente pudo salir de allí, lo hizo para arrastrar con ella a su hermana y a sus primas a lo que ella consideraba un futuro mejor.
Y lo era, ya que en donde yo nací, General Güemes, el Ferrocarril había creado un polo de progreso que atrajo no sólo a mi padre sino a muchos comerciantes y gente que veía allí la posibilidad de expansión económica.
Cuando yo nací, a mi madre le quedaba todavía luchar por tener un título, una carrera... Y es así que estudiaba y trabajaba para alcanzar sus objetivos. Y yo, necesitaba cuidado, para lo que me confió a su hermana menor.
Mi tía Negra era una mujer bastante especial... No tenía gestos de cariño, a veces me pegaba o me retaba, pero yo no sabría describir qué era peor... Pero yo tenía que quedarme con ella porque mi papá trabajaba todo el tiempo en su taller y mi tia, casada con un ferroviario, era una ama de casa al 100% de su tiempo.
Mi primo, mayor que yo, era muy bueno y no me peleaba, pues veía en mi una hermanita menor. No era así con mi hermano Alberto a quien le tenía celos. Pero conmigo era un tanto burlón, me hacía bromas pesadas que, generalmente, terminaba con una reprimenda de mi tía para conmigo...
Pero era inútil explicar que la culpa no era mía... Mi abuelo vivía a una cuadras de la casa de mi tía y mi casa estaba a unas cinco cuadras de la casa de mi tía y a unas nueve de la de mi abuelo.
A mi me encantaba ir a la herreríad e mi abuelo. El hacía las ruedas para los carros que tiraban los caballos. Aunque ya habían pocos, él siempre tenía su clientela. Mi tío trabajaba con mi abuelo en las tardes cuando no tenía que ir al ferrocarril. Todos los días mi abuelo almorzaba en casa de mi tía pero los domingos mi abuelo almorzaba en mi casa.
Todavía recuerdo su cabello blanco y su caminar lento. A veces se quedaba dormido mientras esperaba el almuerzo y mi primo solía de tanto en tanto jugarle alguna "bromita". No se querían mucho...
Mi tía tambien tenía a su cuidado a otra prima, hija de una media hermana de mi tía y hermana entera de mi madre... Nunca entendí cómo era todo eso de la familia, pero bueno, tampoco indagué mucho porque en esas épocas había cosas de las que no se hablaba.
Yo viví un corto tiempo con mi tía. Lo suficiente para saber que no quería vivir con ella. Tampoco con mi tío, que parecía tan amoroso, pero que por algún motivo yo sentía que no podía quedarme sola con él.
Un día, a mis 10 años, me quedé sola en la casa mientras mi tía fué a comprar al "riojano", el carnicero, y eso le tomaría unos 30 minutos como mínimo si mi tía no se encontraba con alguna vecina. Mi tío entró en la casa y me pidió que le trajera algo de su dormitorio. Cuando entré, él entró trás de mí. Lo ví desabrochándose el cinto... Yo sólo sentí que debía correr y así lo hice, pasé como una saeta por arriba de la cama a la velocidad de un rayo y salí por la única puerta de las dos habitaciones, crucé la cocina, el hall, el patio y salté la verja en dos segundos.
Nada ocurrió, pero no olvido haber leido en su mente esos cochinos pensamientos. Esperé que llegara mi tía y entré con ella como si nada hubiera pasado.